
Carlitos aún creía en los Reyes pero -estaba claro- no confiaba en ellos. Si no, no hubiera hecho lo que hizo; si Carlitos hubiera confiado en los Reyes no hubiera secuestrado al Niño Jesús.
En el belén, San José tenía las manos levantadas al cielo como pidiendo una explicación y la Virgen miraba, desolada y meditabunda, el pesebre vacío.
Volveréis a ver al Niño si Melchor me trae la Wii -rezaba el mensaje de atropellada caligrafía que encontraron bajo la mula.
El Nacimiento cada vez estaba más alborotado. Los pastores y la lavandera se acercaron al portal para interesarse por lo ocurrido; convocaron una concentración silenciosa junto al río y regresaron mansamente a sus sitios. El centurión romano peinó con un par de legionarios musgo y cartón piedra sin ningún resultado. Melchor buscó inútilmente en sus alforjas el trasto que pedía aquel mocoso.
Despedíos del Crío si llamáis a la policía -terminaba la nota.
Dejaron la Wii junto a los zapatos.
No durmieron en toda la noche: no tenían muy claro que Carlitos cumpliera su promesa.
En fin.
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